DONDE HABITA EL OLVIDO
 
Canciones de amor para recordar. Está bien. Canciones que no necesarimente son de amor pero te recuerdan a alguien, suele suceder. Canciones simplemente canciones que te friegan, que te abren la herida, que ponen frente al espejo y te muestran la herida tatuada ¿En dónde? En la frente, en el brazo, en el muslo, en el pecho, a lado del corazón.
Algo asà se sentÃa Miguel cuando salió de su casa, era muy temprano, tampoco tenÃa mucho sueño. Y lo que era peor, andaba con una resaca de esas que te hacen doler hasta el alma mientras caminas. En todo caso, hasta donde él podÃa comprender, su alma estaba herida, borracha y herida, parecÃa tambalearse sin equilibrio dentro de su cuerpo, como si éste fuera un recipiente duro y acartonado sin mucha gracia.
¿Hasta cuándo era capaz de arrastrar el desamor de Susana? ¿Hasta cuándo podÃa soportar los dÃas desiguales? Mutilado en sus costumbres, sus deseos. Era cierto entonces, pensó, cuando pasó trotando a lado suyo una mujer de formas definidas y firmes cuya ropa para correr le quedaba pegada al cuerpo, cabello rizado y tez canela, de gestos delineados por unos potentes ojos verdes. La vio pasar sin otra emoción que el reconocimiento de su fracaso. Todos los intentos que tuviera, lo arrojaban inmediatamente al recuerdo de Susana, de sus mañanas por esas calles plomas por la Residencial San Felipe,  a los besos intermitentes, apoyados en cualquier pared cuyos edificios parecÃan ocultarlos del mundo exterior con sus ventanas calcadas y talladas de la misma forma.
Trató de fumar un cigarrillo, pero el cuerpo le temblaba, desistió, se dejó llevar entonces por la inercia, sacó su Ipod y esperó a que comenzará la primera canción.
Cuando se despertó, se dio cuenta que aun seguÃa con la resaca, la cabeza le dolÃa, sobre todo por que se habÃa levantado de un momento a otro, respiró hondo, trató de acostumbrar su vista a la oscuridad, miró hacia todas partes, a pesar que no podÃa ver casi nada, el olor y el espacio que tenÃa la habitación le parecÃa un tanto desconocida, cerró los ojos nuevamente. Al abrirlos esta vez con más fuerza, como si fueran un par de bocas que intentan comerse el mundo, tuvo la certeza de que todo habÃa sido un mal sueño o quizás el recuerdo de algo que yacÃa en el fondo de su inconciencia. Volteó, estiró la mano, pudo tocar la espalda desnuda de ella, una espalda que habÃa sido tantas veces suya, siguió con sus dedos por la vertiente sinuosa que formaba su columna vertebral hasta llegar al coxis, luego nuevamente y de memoria llegó hasta su nuca, abrió las palma de su mano y enroscó sus dedos en esa cabellera ancha y rizada de la mujer que estaba a su costado ¿Desde cuándo? Él lo sabÃa bien, más de siete años, desde que la conoció aquella mañana cuando ella salió a trotar y él a olvidarse de todo.
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Una canción al que le robé el tÃtulo
Tag: relatos de amor
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